A la sombra, que el sol quema

Habíamos propuesto una ruta por la zona de El Escorial, pero las vacaciones y el calor nos han dejado en cuadro. Dos (mejor que uno) nos encontramos a la hora convenida y en vista del éxito decidimos cambiar de aires. Abrimos el remendado mapa y tras un rápido vistazo vino la inspiración: “por aquí tendremos sombra”, “pues…. no conozco esa zona”, “ah!, entonces vamos, te va a gustar”.

          

Llegamos a La Granja, aprovechamos la frondosa sombra de un árbol para dejar el coche, nos pusimos las botas y tras cien engañosos metros más o menos llanos, empezamos a subir y subir. Entre pinos, robles, retamas y rosales llenos de flores, helechos y regatos saltarines, llegamos a la Fuente del Montañero que además de su riquísima agua tiene una percha para colgar lo que se tercie. Desde el fondo del valle llegaba el rumor del agua del Arroyo Carneros, los pájaros cantando, mariposas de distintos colores de acá para allá y sin pizca de calor.

   

Tras un último y pequeño pinar, apareció la Majada del Tio Blas increíblemente verde, un poco más arriba unas vacas pacían tranquilamente. De pronto oímos lo que parecian ladridos; alcanzamos a ver un corcito saltarín autor de la escandalera, no sabemos si asustado o enfadado porque lo habían dejado sólo. Llegamos al Pto. de Los Poyales y de ahí al pedregoso pico de Los Neveros, donde disfrutamos de hermosas vistas y de un aire fresco bastante incómodo. La vista de Claveles desde allí resulta impresionante. Bajamos en busca del abrigo de un muro con pequeñas troneras, donde comer. También vimos restos de unas pequeñas construcciones, seguramente pozos de nieve.

Desde el Pto. de Los Neveros bajamos por el PR hasta la Estación meteorológica. Lo abandonamos para bajar al Vado de Oquendo enlazando senderos que nos iban saliendo al paso.

  Además de todo esto encontramos unos cuantos letreros de madera supervivientes de mil soles, fríos y ventiscas, una bonita vista del Palacio de La Granja, un par de rústicos puentecillos, alguna chorrera que otra……

    Esto es lo que dió de sí uno de esos sitios desconocidos para la gran mayoría que tanto nos gustan.

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Ruta 4 Lagunas del Barco – Gredos

Esta vez, el reto era muy prometedor: acometer las cuatro lagunas en la parte más occidental del macizo de Gredos, lagunas entorno a los 2000 metros. Son las lagunas de La Nava, Los Caballeros, Cuadrada y la del Barco.

Una ruta de 24 km y 1300 metros de desnivel acumulado, que íbamos a hacer en dos jornadas, saliendo de Nava del Barco y pernoctando en la Laguna del Barco.

Mapa de la Ruta

Tras dos horas de coche desde Madrid hasta Nava del Barco, un trecho de pista, llegamos al punto de partida.

Iniciamos la ruta con muy buena temperatura en una ascensión no dura, pero sí continua. Pasamos por un Altar con una Virgen incrustada en el hueco de una gran piedra y una cruz a lo alto.

Mari Carmen empezó a marcar el ritmo, hasta que llegamos a la Laguna de la Nava, que nos impresionó por el color esmeralda de sus aguas, pareciera que estuviéramos en Ibiza. Algún senderista aventurado, se estaba dando un baño en unas aguas que cortan.

Laguna de La Nava

Siguiendo la ruta que nos indicaba Jose Maria, continuamos hacia la Laguna de los Caballeros, con la ascensión continua hasta el alto que daba al valle de la garganta de los Caballeros, donde comenzamos el descenso a la laguna. Una laguna redonda, muy bonita y con un colorido y olor de los piornos en flor, que nos embriagó desde el primer momento.

Miguel nos iba ilustrando con su conocimiento y sabiduría de la Sierra y algún que otro chascarrillo, que nos hacían más amenos los tramos duros de la ruta.

Desde la ladera donde se divisaba la laguna, se podía apreciar perfectamente, justo en frente, el gran desnivel que nos quedaba por acometer para llegar a los pies del pico de la Covacha, nuestro objetivo, a partir del cual, ya sería prácticamente todo bajada. Era el momento de parar a comer y reponer fuerzas para subir el repecho. Así, que estuvimos en la laguna, disfrutando de la vista a los pies del circo, en un entorno prácticamente lunar. No había nadie, sólo una silueta al fondo y unas monteses.

Laguna de los Caballeros

Comenzamos la subida, con el paso firme de Mar, a ritmo constante, diésel y sin desfallecer, admirable. Notábamos todos el peso extra de las mochilas que tuvimos que cargar, más de los habitual, por ser una ruta de dos días. La incertidumbre de la temperatura nocturna al pie de las lagunas, nos hizo ser muy previsores. La noche anterior estuvieron bajo cero.

Llegamos al collado que daba justo a las dos vertientes de la Sierra. Se veía claramente la vertiente Sur, dando a la Garganta de Minchones, parte de Villanueva y parte de Madrigal, ambas de La Vera. Miguel nos lo estuvo indicando, incluso planteando nuevas posibilidades de rutas por esa vertiente.

Un poco más y ya estábamos justo debajo de La Covacha. Tiramos literalmente las mochilas al suelo. Habíamos conseguido llegar a lo más alto de nuestra ruta. Desde allí, ya dábamos a la vertiente de la Laguna del Barco. Se veía la Laguna del Barco, una referencia clara de bajada y relativa proximidad, que luego se nos hizo algo más larga de lo que esperábamos. La bajada era bastante técnica, por lo que disminuimos el ritmo para, además de bajar, disfrutar de las vistas y no lesionarnos. Bloques graníticos impresionantes, resquebrajados por los  hielos, impresionante.

Laguna del Barco

De repente, apareció la Laguna Cuadra, casi de juguete, encajonada entre las rocas. Paramos un rato, foto y buen humor de Ruth y comenzamos la última bajada de la jornada, hacia la Laguna del Barco.

Laguna Cuadrada

Finalmente llegamos a la laguna, el refugio estaba vacío y muy bien cuidado. Preparamos todo para cenar y reponer fuerzas y… algunos estiramientos. Los Yatekomo y los macarrones de Jose Maria, triunfaron. Muy bonito el anochecer en la laguna, con la luna prácticamente llena.

Laguna del Barco
Laguna del Barco

Al día siguiente, un buen desayuno calentito,  gracias a 600gr de peso extra del JetBoil para calentar el agua y, bajada continúa hasta el punto de partida. El primer tramo de bajada iba por el cervuno, paralelo al meandro que iba haciendo la garganta, todo sin grandes desniveles, hasta que llegamos a una cascada muy bonita.

De ahí ya, por un tramo un tanto incómodo, pero no complicado, llegamos a la pista que nos conducía al punto de partida.  El final de la ruta acabó con unas cervezas y refrescos, culminando con unas judías del Barco de lo más fino que haya probado uno en legumbres

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El gran espectáculo

Quedamos tres esta vez. Dos horas por delante de carretera, nos dieron para charlar de unas cuantas cosas. Llegamos al punto previsto con un día perfecto, buena visibilidad y un moderado aire fresco. Nos esperaba un bonito camino lleno de piedras, flanqueado por piornos en flor que aportaban color y fragancia al escenario.

       Al poco de empezar, una bifurcación nos detuvo. Una rápida ojeada nos decidió por el camino más directo hacia nuestro objetivo; en un pis pas alcanzábamos el cordal. Mientras observábamos el espléndido panorama, vimos bajar a Carmen e Isidro que habian subido antes con unos amigos; el frío viento reinante no les había congelado su cálida sonrisa. Tras el intercambio de saludos y breve charla, unos para arriba y otros para abajo.

 

En la cima, a pesar del “frisqui” estuvimos un rato observando las paredes y las estupendas canales de la cara sur, el Valle de Las Cinco Villas, el Miravalles, los Riscos del Tío Pasito, la Sierra de La Paramera, la del Valle, la Mira y la nieve que aún queda en las cimas del Circo de Gredos.

  Por hacer la circular de costumbre continuamos hasta el Alto de Los Corralillos asomándonos por aquí y por allá cuando de pronto….. una formación de águilas y aguiluchos (eso nos parecieron) levantó el vuelo delante de nuestras narices. Aún no habíamos salido de nuestro asombro cuando levantaron otras tantas y todas juntas se pusieron a evolucionar en busca de las corrientes. Parecían estar haciendo prácticas de vuelo porque de pronto se quedaban casi detenidas de cara al viento, para luego reanudar sus evoluciones. No sabemos cuanto rato estuvimos allí, ni frío ni nada. En muchos años trotando pos ahí habíamos visto cosa semejante.

  Cuando se dispersaron nosotros, aún en estado de shok, fuimos en busca de un lugar más abrigado donde comer. Liquidados los manjares continuamos en busca de un camino que nos llevó hasta el coqueto y bien cuidado Refugio de los Cervunales. Dentro otra sorpresa: colgadas del techo había unas pequeñas mariposas de color marrón completamente ajenas a nuestra presencia, ni se movieron.

  Salimos cerrando cuidadosamente la puerta y continuamos bajando y encontrando cosas: una fuente, un lagarto ocelado un poco perjudicado pasto de las hormigas, unos orondos bichos negros con algún toque de color seguramente parientes de los escarabajos…..,mientras el viento mecía las flores y las doradas hierbas.

 

Ah!, subimos al espléndido Torozo desde el Pto del Pico. Hicimos el desnivel y los kilómetros que tocaban en el tiempo más o menos previsto, pero haciendo nonor a la verdad, fué lo de menos.

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