Aniversario

Nos planteamos celebrar el 30 aniversario de nuestro club como debe ser, paseito mañanero y comida al aire libre, cada uno la suya, el Denali aportaba el postre. Se decidió la fecha del 40 de Mayo por dos razones: aún no empezaría la desbandada de las vacaciones y además podríamos ir sin sayo según el refranero español. Bien pensado estaba, pero los imprevistos de última hora nos dejaron en cuadro, y además de sayo hubimos de llevar chubasqueros y paraguas por si acaso, ay esto ya no es lo que era!!.

       El día se levantó con un aspecto que habría desanimado a más de uno, pero esto es el Denali y aquí no se achica nadie, así que carretera y manta. Hasta llegar a Cotos pintaba fatal, pero el Valle de Lozoya se veía bastante soleado. Las nubes retenidas en las cumbres dejaban ver en su vaivén losnumerosos neveros que aún quedan. Llegamos al Mirador de Los Robledos, que sería nuestro comedor y a donde llegarían mas tarde los que subían sólo a comer, con la delicada encomienda de llegar con el postre intacto.

    Con los dedos cruzados nos pusimos en marcha bajo el tibio sol en busca del Camino Viejo del Paular. El ruido del Arroyo de La Umbría, que apenas dejaba oir el canto de los pájaros y los rayos de sol que se colaban entre las ramas del bosque rabiosamente verde, nos pusieron en un estado, que casi sin darnos cuenta subimos el cuestón hasta la Sillada de Garcisancho, no sin parar antes en una preciosa poza donde cantaban alegremente las ranas. Estaba espectacular el amplio collado, verde y salpicado de flores.

     Entretanto las nubes iban y venían tapando y despejando cumbres pero aún teníamos “ventana”.  A partir de ahí el camino se torna en un entretenido y amable sube y baja que, entre pinos y verdes praderas, llega hasta Cabeza Mediana. Además de hacer unas cuantas fotos observamos atentamente la dirección de las nubes que cada vez más negras se iban juntando y dejando la ventana en ventanuco . Con un “a ver si aguanta” bajamos a encontrarnos con el resto, no sin antes parar en otra bonita poza sin nombre que por allí anda.

        A las dos en punto (que precisión) tal como habíamos quedado, llegamos unos y otros al Mirador, comedor bonito donde los haya. Como era un día especial, además del consabido bocata salieron de algunas mochilas taquitos de queso, lomo, jamón, frambuesas… hasta una botella de buen vino, para que luego digan. Llegó la hora del postre, llenos de emoción y con temblorosa mano, destapamos la enorme y apetitosa tarta que habíamos encargado. Estaba intacta, lo que con tanta curva no deja de tener su mérito. Tras apagar las velas, acordamos por unanimidad tomar ración doble, como acto de solidaridad con los que no pudieron venir, mientras compungidos leíamos sus mensajes. A pesar de tamaño esfuerzo, sobró un buen trozo que ofrecimos a los bomberos del retén que allí hay, que aceptaron entre sorprendidos y divertidos.

          No llovió, lo pasamos estupendamente y nos fuimos a tomar un café dispuestos a seguir cumpliendo años andando por caminos y vericuetos .

 

 

 

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